sábado, 20 de octubre de 2007

De pócimas y conjuros...

Son muchas las historias que se han tejido, a lo largo de los siglos, sobre la figura -casi sobrenatural- de las brujas. Y aún más remotas, son las creencias que estas mujeres supieron defender.
Siempre asociadas a la maldad y a la noche, a secretos poderes mágicos y a la capacidad de ver el futuro, se erigieron como las más misteriosas criaturas de la raza humana.
Un selecto grupo de elegidas, que transmitían de generación en generación un conjunto de creencias, rituales y conociminetos esotéricos, que guardaban celosamente de las miradas de los extraños.
Un poder ancestral, que otorgaba a quien lo recibía un dominio absoluto sobre la naturaleza y todas sus criaturas.
Tal vez, sólo se tratara de mujeres paganas que practicaban un culto religioso a la Madre Tierra o las diosas lunares de la fecundidad y la familia. Tal vez, sólo eran mujeres simples, con algún conocimiento sobre las cualidades medicinales de ciertas hierbas. O tal vez, sólo eran mujeres de mentalidad abierta, cuyas ideas y costumbres no fueron comprendidas en una época de ignorancia y superstición.
En el mundo antiguo, la creencia en la magia estaba ampliamente extendida.
En Grecia y Roma se consideraba que las hechiceras o "maleficae", como se las conocía en aquella época, practicaban la magia erótica -una serie de conjuros para unir parejas- por pedido de terceros y para beneficio propio. Solían reunirse de noche para rendir culto a las diosas Hécate, Selene y Diana.
Más tarde, con la llegada del cristianismo, el rechazo por estas prácticas fue totalmente explícito.
Y ya en la Edad Media, comienzan a aparecer las pirmeras leyes condenatorias de la brujería.
No obstante, no es hasta la aparición de los cátaros (grupo religioso-cultural aragonés, que promovía un nuevo orden social y se oponía a los abusos de la Iglesia Católica) que, en el siglo XIII, se crea la Inquisición como una forma de perseguir a sus miembros.
Ya en el siglo XIV, comienzan los primeros procesos por brujería, que desembocarían en la tristemente célebre "caza de brujas".
La definición de la brujería como adoración al Diablo, se difundió por toda Europa mediante una serie de tratados publicados por distintos inquisidores.
Entre ellos, se destaca el "Malleus Maleficarum" o "El martillo de las maléficas" en el que se sostiene la creencia firme en la brujas y en su don proveniente de Satanás.
El libro las describe como seres peligrosos, capaces de levitar, acostumbradas a celebrar el Aquelarre (ceremonia diabólica) y a cometer excesos de todo tipo durante sus reuniones nocturnas.
Tanto el Maleficorum, como otros muchos libros que se publicaron en esa época, constituyeron el fundamento de la caza de brujas que, entre los siglos XV y XVII, causó la muerte de 60.000 personas.
Los juicios que se llevaban a cabo por brujería distaban mucho de ser un ejemplo de justicia. Para la acusación bastaba la sospecha, no eran necesarias pruebas, no había opción a defensa y las confesiones eran arrancadas a través de terribles torturas, e incluso si la sospechosa no confesaba, su resistencia se consideraba como una muestra del poder del maligno.
Algunos procesos se han hecho especialmente célebres, como el de las brujas de Salem, en el que fueron ejecutadas 25 mujeres, acusadas de brujería, por una cuestion puramente ideológica. Un caso que fue popularizado en 1953, por el dramaturgo Arthur Miller en su obra "Las brujas de Salem".
Hacia 1610, el inquisidor Alonso Salazar y Frías, estableció la revisión de los procesos, puesto que consideró que la mayoría de las acusaciones eran falsas y que se había llegado a los extremos. De esta manera, la Inqusición llegó a su fin.
Lentamente, el tiempo hizo su trabajo, y quiza como una forma de compensar tantas muertes trágicas e injustas, la figura de la bruja fue adquiriendo otros matices.
Su imágen fue absorbida por la literatura y el cine, y se llegó a distinguir a las brujas buenas, siempre dispuestas a ayudar a los héroes en sus aventuras.
Y a tal punto cambió aquel concepto oscuro, que desde los antiguos tiempos de los celtas, nos llegan los ecos de una bella celebración que hoy todos conocemos como Halloween.

Halloween
Los celtas antiguos creían que la noche en que el otoño daba paso al invierno, la línea sutil que separaba el mundo de los vivos del Más Allá desaparecía, permitiendo que las almas de los seres queridos regresaran, por una sola noche, a compartir un momento junto a sus familiares y amigos.
Para ellos era este un motivo de celebración, por lo cual acostumbraban a vestirse especialemente para la ocasión, preparando ofrendas y encendiendo velas en los cráneos de sus antepasados.
De ahí, la costumbre actual del disfraz, las golosinas y las calabazas encendidas.
En el ámbito cristiano, tres siglos después de los celtas, se estableció el 1° de noviembre como el día de todos los Santos Mártires, fecha que coincidía con la celebración celta del 31 de octubre.
A este rito cristiano se lo llamó en Iglaterra "All Hallow's Eve" o "Víspera de todos los Santos" que, más tarde, derivó en el actual nombre de "Halloween".
Así, se celebra, en nuestros días, una festividad de la que pocos tienen un conocimiento profundo... Quiza, sólo las brujas...

1 comentario:

Anónimo dijo...

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